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Amazonía : pasado y presente. Pablo Cingolani

“Terra sem História”: esa afirmación tan descarnada y categórica la lanzó a rodar el escritor positivista brasileño Euclides da Cunha a principios del siglo XX -en A  margem da história (1909)- y hacía referencia a la Amazonía,  la inmensa selva sudamericana que  “nasceu da última convulsão geogênica que sublevou os Andes”. Para el recordado autor de Los sertones, la Amazonía era sólo geografía, naturaleza pura.

Este discurso sobre las selvas continentales como territorios vacíos, sin pasado, sin ley, sin límites, agujeros negros cartográficos y colmados de riquezas reales o imaginarias y cuantiosos recursos naturales, justificó todas y cada una de las invasiones, intervenciones, saqueos y rapiñas que ha venido sufriendo la floresta desde el ya  lejano siglo XVI hasta el presente.

Esta idea de la selva como un repertorio ilimitado de oportunidades económicas que están a la mano, como reservorio de recursos a los cuales sólo hace falta ir y tomarlos, ya ha causado la destrucción de gran parte de la biodiversidad amazónica, una pérdida irreversible de especies vegetales y animales.

Cuesta aún más digerir el hecho que en pleno siglo XXI este pensamiento siga guiando las políticas de estado de los países de la cuenca, aliados a las trasnacionales extractivistas y a las potencias imperialistas. De proseguir esta praxis suicida, no quedará en pie un solo árbol en medio siglo por venir.

Ahora, si esta idea de la selva como despensa, insisto, es indignante: ¿se imaginan el drama humano que ha conllevado? ¿Se imaginan la sangre y las lágrimas que han corrido hasta el río? ¿Saben el número de víctimas que trajo consigo la explotación del oro, el petróleo, los metales, la madera, el caucho? ¿Saben cuántos pueblos enteros de la selva han desaparecido para siempre aniquilados por el genocidio o asfixiados por el etnocidio que no cesa?

Una colección de libros de historia amazónica que se ha editado este año 2011 en La Paz-Bolivia puede ir aportando algunas de las respuestas.

La Amazonía, es obvio: no era un espacio sin gente, y esa gente, esos pueblos, tienen su historia. Es la historia de los que sucumbieron pero también es la historia de sus sobrevivientes que hoy pelean para que el bosque no termine de desaparecer, ya que ellos –como la historia ya lo prueba- seguirían ese mismo y terrorífico camino que sus predecesores ya padecieron.

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Los títulos de los libros a los que aludimos en un párrafo anterior son los que siguen: Cuatro viajes a la Amazonía boliviana de la historiadora y antropóloga rusa Vera Tyuleneva; El martirio de Laureano Ibáñez. Guerra y religión en Apolobamba,  siglo XVII del periodista e historiador catalán Pablo Ibáñez Bonillo y Las inmensas tierras de la Nación Toromona (La selva de Irimo, finales de la colonia española) del historiador argentino José Ignacio Wasinger Espro.

La edición estuvo a cargo del equipo denominado como Expedición Madidi y el Foro Boliviano sobre Medio Ambiente y Desarrollo (FOBOMADE) y ha contado con el respaldo solidario de la Xarxa de Consumo Solidario, DIDeSUR –Dignidad y Desarrollo para el Sur- y la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha- España y de Rainforest Foundation de Noruega.

La trilogía de obras de investigación histórica es un emprendimiento inusual, ya que son escasos y dispersos los estudios sistemáticos sobre el espacio-tiempo amazónico, especialmente aquí en Sudamérica.

Los libros presentan una indagación sobre los pueblos originarios de la Amazonía Sur continental, con énfasis en aquellos que habitaban en los antiguos territorios de Apolobamba y Mojos, actuales departamentos de Pando, Beni y el norte de La Paz, en el Estado Plurinacional de Bolivia, y las regiones colindantes de Perú y Brasil. La mirada abarca casi de manera correlativa desde los tiempos prehispánicos (Tyuleneva), pasando por la colonia española temprana (Ibáñez Bonillo) hasta la colonia tardía (Wasinger) y los albores de la gran rebelión indígena que sacudió a toda la América del Sur española en el último cuarto del siglo XVIII y que tuvo en Túpac Amaru a su figura emblemática y más conocida universalmente.

Los libros son producto de investigaciones históricas inéditas –en algunos de los repositorios documentales sobre la Amazonía más importantes del mundo, como el Archivo de Indias en Sevilla, España  (Ibáñez Bonillo) o el Archivo General de la Nación en Buenos Aires, Argentina (Wasinger)- y de campañas de pesquisa arqueológica y etnográfica, como se exponen en el volumen de Tyuleneva. Es decir, se convierten en aportes genuinos, con información nueva y relevante, que buscan interesar no sólo a otros investigadores, sino al público en general sobre la historia de los pueblos que habitaron en la selva más vasta de la Tierra, y cuyos herederos no sólo han  resistido todos los embates de las obsesivas oleadas civilizatorias de los últimos cinco siglos, sino que hoy mismo siguen luchando por el respeto que se merecen, y por su autodeterminación.

Hay quienes afirman que la historia de la Amazonía es una historia amarrada y forjada desde mitos importados. Se apoyan para justificar eso en el mismo nombre de la región –que recuerda a las mujeres guerreras de Escitia que ya describió el historiador griego Herodoto en el siglo V antes de Cristo- y en todo el andamiaje de sucesos extraordinarios como la búsqueda del paraíso, la fuente de la eterna juventud o el reino o la ciudad aurea de Eldorado que signaron de manera dramática los primeros tiempos de la invasión europea a las selvas y que, en menor medida pero recurrentemente, siguen perdurando hasta el presente, gracias también a la influencia masiva del cine y la televisión.

Sin embargo, la verdad es otra –y la verdad, si se la juzga desde los testimonios estrictos que aportan la arqueología, la historia y la antropología, puede ser tan fascinante, cruel o movilizadora como pueden serlo, y es sólo un ejemplo, las dos películas más vistas por la humanidad que abordan el lado legendario del pasado amazónico. Me refiero a Aguirre, la ira de Dios y a Fitzcarraldo, ambas de autoría del germano Werner Herzog. Inclusive la historia verdadera puede ser más halagadora aún desde nuestro lugar  en el mundo, si se la entrama con nuestros propios mitos, es decir aquellos que son parte del bagaje cultural de los pueblos originarios.

Aunque parezcan lejanas las selvas, es una tarea urgente la de recuperar su historia, la de los pueblos que viven en ellas. Ayer nomás, pueblos cuyo derrotero histórico está estudiado en la triada de libros que se presentan, estaban marchando por los polvorientos caminos de Bolivia -en una acción cargada también de épica y de epopeya que de seguro ya ingresó también a los anales-, en defensa de sus territorios y de su modo de vida.

Cuanto más comprendamos a los pueblos indígenas de la Amazonía, vamos a poder respetarlos como se merecen aquellos que han sido casi exterminados por un genocidio que, hasta hoy, no ha sido ni siquiera reconocido por los países que lo ejecutaron.

Cuanto más los conozcamos en su pasado, vamos a poder en el presente solidarizarnos con sus luchas, ya que entenderemos que no sólo están defendiendo su “casa grande” buscando con afán su “tierra sin mal”, sino que están preservando el hogar común de toda la humanidad, es decir nuestro planeta y una Tierra Sin Mal para todos.

Los libros de Tyuleneva, Ibáñez Bonillo y Wasinger son un aporte honesto en esa dirección. Con creatividad, esfuerzo y entusiasmo, las obras deberían servir para abonar el debate sobre el futuro de las selvas y de sus moradores, encendiendo la convicción que dice que si hay una historia, y si esta se difunde, se valora y se asume como propia, será muy  difícil poder borrarla, poder olvidarla, poder negarla, como si nunca hubiese existido, como si la Amazonía siguiese siendo una “Terra sem História” como deliran los poderosos.

La Plata-Argentina, 4 de noviembre de 2011

Pablo Cingolani : Historiador, periodista, explorador. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963. Reside en La Paz, Bolivia, desde 1987.

Como historiador, realizó estudios sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas y los problemas de tierras en la puna de Jujuy, la explotación cauchera en la Amazonía y la historia minera de Los Lípez potosinos.

Trabajó como redactor y colaborador en una docena de medios gráficos de La Paz y sus artículos también se publican en medios de Argentina, Chile, Ecuador y España. En video, dirigió con Gastón Ugalde “Imagina Bolivia” y la primera serie de documentales sobre áreas protegidas. Autor del libro “Amazonía Blues”</a.
(Denuncia y poética para salvar a la selva)

Encabezó expediciones ecohistóricas desde 1980, explorando, entre otras, la región de Iruya-Baritú, Cumbres Calchaquíes y la puna jujeña en Argentina, el desierto de Atacama en Chile y casi todos los parques nacionales de Bolivia, en especial en Lípez, Chaco y Amazonía. Creador de la Expedición Madidi que ya realizó 4 versiones a distintos sectores poco explorados del parque del mismo nombre y declarada de interés nacional por el congreso boliviano.

La solución final. Pablo Cingolani

Habría que considerar primero a dónde meterlos: un museo, una caja, un barrio en la periferia de Santa Cruz o de Buenos Aires o Miami –mejor Miami, de una vez; Obama puede pagar los pasajes-, un cementerio, una jaulita, una página web.
A los Pacahuaras, que son bien poquitos, podrían meterlos en una cabina telefónica o en un Volkswagen violeta.
Los Araonas –unos 100 sobrevivientes del genocidio de la época del caucho- pueden ser colocados en un gimnasio o en un restaurante chino, corriendo las mesas y los jarrones para hacer espacio. Luego, comerían chop suey y pastelitos de tofú; no yuca y jochi pintao, como comen siempre.
A los Yuquis, los podríamos meter detrás de un biombo persa o en un crucero de tres pisos de esos que van por el Caribe, así van pescando tiburones y divirtiéndose a lo loco. Si se aburren, se van al casino o ven una película de Rambo o hablan del clima con el capitán.
Los Chimanes son más. Algunos podrían ser llevados hasta Quetena, en las punas de Sud Lípez, donde hay poca gente, y hacen faltan más patriotas en la frontera. Otros pueden caber en un cohete japonés teledirigido o en un Airbus, de esos nuevos, para 700 pasajeros. No tendrían problemas de cacería, de sobrevivencia, de nada, porque la azafata vendría a cada rato con bocaditos de atún y pepinillos y con vasos de whisky escocés o vodka ruso, como ellos quieran de acuerdo a consulta previa.
Hay que respetar, bien respetado, eso de la consulta previa. Yo dije whisky o vodka por decir, si alguno quiere ron cubano o un caramelo de menta o un paracaídas para bajarse del avión, para eso está la dichosa consulta.
La cosa hay que pensarla bien, planificarla mejor.
Esto que están “descubriendo” los del gobierno –que “los TIPNIS” viven para la mierda- es muy grave.
Imaginen lo que alguien publicó: que el lugar donde viven, o sea la selva del TIPNIS, está lleno de bichos (mosquitos, boros, larvas de mosca, parásitos de los ríos, arañas, chulupis, hormigas, serpientes y tigres). Es algo inconcebible: ¡cómo se puede vivir así? Tienen razón los que dicen que esta gente vive para la mierda.
Algo habrá que hacer.
Algún ingenuo puede creer que el tema de los bichos se puede solucionar fácil: dándoles Baygón a los TIPNIS. Y una Uzi para que maten a todos los tigres. No es tan fácil. Digamos que acaben con todos los tristes tigres pero ¿van a poder terminar con todas las hormigas? Estos bichos son miles de millones, que digo: son miles de miles de millones y se reproducen segundo a segundo.
Mao quiso acabar con todas las hormigas de China, y un día, mil millones de chinos se pusieron a pisar hormigas –por orden de Mao, claro. Mao daba una orden y ¡guay! que un chino o china no la cumpliera. Bueno, pero la cosa es que no pudieron. Ese día mataron 231 mil millones de hormigas; cada chino, descontando a los bebés que obviamente estaban exentos de la labor, aniquilaron promedio unas 800 hormigas cada uno. Vayan a ver qué pasa hoy en China: ¡sigue lleno de hormigas![1] ¿Quién puede creer que los TIPNIS, que son tan pocos, vayan a poder con sus hormigas? Está claro que así no hacemos nada, y que los beneficios de la civilización, del progreso y de la justicia social tampoco van a llegar a los TIPNIS, así que hay que pensar en soluciones más de fondo, soluciones de verdad.
A los TIPNIS los podríamos meter en una galería de arte –ahora que son bien conocidos, remarketineros. En una galería donde no haya hormigas, claro.
A los Chácobos se los puede enviar a Amsterdam, que son buena gente y tienen una ley que prohíbe el canibalismo. Por otra parte, un amigo que vive allí me dijo que casi no hay hormigas en Holanda.
Me olvidaba de los Yaminawas, que por suerte también son bien poquitos. Ellos estarían felices en la cafetería de algún aeropuerto o en una fotografía. En la foto, seguro que no habrá hormigas. A la cafetería habría que revisarla bien, minuciosamente, con cuidado, ¿eh?
Hay que buscar una solución final para esta gente que vive –pobrecita- en medio de la selva. ¿Quién hablaba de “solución final”? ¿Mick Jagger? No. ¿La Madre Teresa de Calcuta? Tampoco. No me acuerdo ahora -¿García Márquez?- pero no puede ser que los TIPNIS no tengan computadoras Apple ni tostadoras de pan, no tengan lavarropas atómicos ni perfumes franceses, canchas de golf con césped sintético ni corbatas de seda. Todo por vivir en un lugar que además está lleno de hormigas. ¿Si los metemos encima de un iceberg con pingüinos? ¿O en una pollería?
Un ingeniero ideoso y voluntarioso me escribió un correo diciéndome que una solución definitiva puede ser tirar abajo todos los árboles y pavimentar la zona, y construir una playa de estacionamiento de 132.000 kilómetros cuadrados que inclusive sería, según él, la más grande del mundo. No estaría mal. Buena publicidad. ¡O maior praia do estacionamento do Mundo! Le pedí al ingeniero –es un tipo muy serio que trabaja para la Petrobrás- que me mande números, cuidado que nos pase como a los chinos y al Gran Timonel.
Números, ejemplos: ¿Cuántos días necesitamos para arrancar todas las plantas, plantitas, yuyos, chumeríos y malezas? ¿Qué hacemos después con toda esa basura? Habría que hacer un pozo bien hondo, donde meter todo. El pozo: ¿cuán profundo? Y… cuanto más profundo mejor, porque así se pueden enterrar otras cosas. Hay que pensar siempre en grande. Después: ¿Cuánto asfalto precisamos para cubrir toda el área? Si la capa asfáltica es, digamos, de dos metros x 132.000 Km2, ¿será que tenemos tanto asfalto? Si no nos alcanza, podemos llevar piedras. Eso tenemos mucho. Podemos cortar en dos al Illimani, y llevar toda esa piedra hasta allá, y con eso tapamos todo, y listo como diría mi amigo Nicolás. Esperaremos lo que me dice el Inge, porqué estas cuestiones técnicas no hay que tomarlas a la ligera.
Bien visto, eso de pavimentar toda la selva tiene una ventaja. A los indios no habría que meterlos en ningún otro lado, los ponemos encima de la playa de estacionamiento y sanseacabó el problema. Así dejarían de ser un estorbo y un obstáculo: a un ladito, los coches. A otro ladito, ellos. Se van a aprender de memoria todas las marcas de los carros y aparte van a estar chochos de contentos porque ninguna hormiga los va a joder nunca más. Todos tenemos un lindo lugar que ocupar bajo el sol del desarrollo.

Pablo Cingolani
La Plata-Argentina, 19 de octubre de 2011

Pablo Cingolani : Historiador, periodista, explorador. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963. Reside en La Paz, Bolivia, desde 1987.

Como historiador, realizó estudios sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas y los problemas de tierras en la puna de Jujuy, la explotación cauchera en la Amazonía y la historia minera de Los Lípez potosinos.

Trabajó como redactor y colaborador en una docena de medios gráficos de La Paz y sus artículos también se publican en medios de Argentina, Chile, Ecuador y España. En video, dirigió con Gastón Ugalde “Imagina Bolivia” y la primera serie de documentales sobre áreas protegidas. Autor del libro

Video de Josep Ramon Giménez sobre el trabajo de Sydney Possuelo

Sydney Possuelo
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Quien es Sydney?

Josep Ramon Giménez: Periodista. 7 años en prensa escrita y 25 en TVE. Ha recorrido todos los géneros periodísticos. Los últimos 18 años documentalista.(Masato o Petrolio) Ahora desvinculado de TVE.

Sydney vuela a Barcelona

Desde el 25 hasta el 28 de mayo Sydney Possuelo estará en Barcelona. 

El día jueves 26 de mayo a las 13.00 tendrá una conferencia sobre:

“Pueblos Aislados de Amazonía, situación y retos actuales”

Sala de Professores de la Facultad de Filología de Barcelona en Calle Aribau n.2, en la 5º planta . Universidad de Barcelona.

El sábado 28 a las 10.30 el periodista Víctor Amela entrevistará a Sydney Possuelo en RADIO NACIONAL DE ESPAÑA

Será un gran honor para todos nosotros poder escuchar en vivo su experiencias y su opinión sobre el presente y el futuro de los Pueblos Indigenas más vulnerables del Planeta, los que han sido recién contactados y los que todavía quedan aislados en los territorios más virgenes de la Amazonía.

Sydney empezó su carrera de Indigenista en el 1969 con los hermanos Villas-Boas, Sertanistas,  y con ellos aprendió los fundamentos principales del respecto a las tribus indigenas aisladas. En 1972 entró en FUNAI  , su colaboración con Instituto que se ocupa de los Indigenas Aislados duró 33 años. Fue presidente de Funai desde el 1991 hasta 1993.

Organizó innumerables expediciones en la Amazonía Brasileña.  En el Estado del Pará hizo el primer contacto con tres tribus indigenas de los Arará, en la region de la Sierra do Desordem , en el Estado del Maranhao contactó con las tribus aisladas de los AWÁ-GUAJÁ , en el alto Solimoes, contactó por primera vez con los MAYÁ. En octubre 1996 organizó y coordinó la expedicion de contacto con los Korubos, indigenas del valle de Javarí.

Creó el departamento de protección de los Indigenas aislados, y logró que la FUNAI cambiara su politica y reconociera ellos el derecho de quedarse en su estado de aislamiento voluntario, contrariamente a la politica hasta aquel día aceptada que imponía el contacto con las tribus y su  integración a la sociedad nacional.

Fundador también del IBI, Instituto Indigenista Brasileño, que a través de los Frentes de defensa se ocupa de proteger las Tierras Indigenas de las Tribus no contactadas, y con ellas los ultimos territorios virgenes de la grande Selva Amazoníca, Pulmon de nuestro Planeta.

Defensor de los derechos humanos y derechos al territorio de los aislados, pluripremiado en todo el mundo, es un ejemplo de humanidad , humildad y valentía para todos los hombres del Mundo.  La demostración que las cosas pueden cambiar y la historia cojer un rumbo más humano.

Giovanna Draghi

Barcelona  7 de mayo 2011

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Sydney Possuelo. Carta abierta 2011

   Ayudanos a sostener el  trabajo de Sydney en defensa los ultimos pueblos  Indigenas Aislados de                                           Amazonas

por favor envia un mail con unas palabras de apoyo

tu nombre y profesión a la dirección

                       endefensadelospueblosaislados@yahoo.com.ar

Gracias , Giovanna Draghi


Naciones Unidas lo consideró uno de los diez “Héroes del diálogo” del planeta. ¿Por qué? Por su defensa de más de cuatro décadas de los pueblos indígenas que habitan en la Amazonía.

Como “sertanista” (experto en selva y pueblos indígenas), Sydney promovió el hoy universalmente aceptado principio del “no contacto” que busca proteger a los pueblos indígenas aislados de los impactos negativos del desarrollo y la deforestación de los bosques. Sydney cree que todos deberíamos unirnos y garantizar ese derecho para que los últimos pueblos indígenas autónomos de la Tierra no desaparezcan.

Su labor también ha sido reconocida con el Premio Bartolomé de las Casas y con la Medalla de Oro de la Real Sociedad Geográfica. La revista Time lo galardonó con el título de “Héroe del planeta”. Organizaciones indígenas de Bolivia lo declararon “Amigo y Defensor de los Pueblos Indígenas de la Amazonía”. Algunos lo han bautizado como “El Quijote de la selva”.

Nació en Brasil en 1940. Fue presidente de la Fundación Nacional del Indio (FUNAI). Impulsó la demarcación del territorio indígena Yanomami, el más vasto del mundo, y la creación de los Frentes de Protección Etnoambientales para garantizar la vida y los derechos humanos de los pueblos en aislamiento.”

Pablo Cingolani

CARTA ABIERTA EN DEFENSA DE LOS PUEBLOS    INDIGENAS AISLADOS

Brasilia, 15 de diciembre de 2010

“Trabajé más de cuatro décadas en la selva amazónica. Hace cinco años, convoqué al primer encuentro internacional en defensa de los pueblos indígenas aislados. Nos reunimos en Belem do Pará y allí propuse la creación de una Alianza Internacional para su protección. Digo sin angustia pero con claridad: hemos avanzado muy poco en ese sentido. Siento que la urgencia de entonces, se volvió hoy una amenaza definitiva: los pueblos aislados y sus territorios están en riesgo como nunca antes.

En los últimos cinco años, he visto intereses para sacar a los aislados de sus tierras y  permitir así la invasión de empresas petroleras o mineras; he visto cómo se firman decretos y otorgan concesiones para explotar recursos naturales en zonas donde habitan estos seres humanos; he visto indígenas muertos o perseguidos por defender sus derechos; he sentido que seguimos considerando a la Amazonia y a los indígenas como un obstáculo a las estrategias de desarrollo, como la que encarna la Iniciativa de Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana.

Represas, carreteras, puentes están siendo construidos en la Amazonía, sin proponer acciones que de manera efectiva protejan los derechos de estos pueblos, y si persisten estas actitudes, el destino de los aislados ya está determinado y ellos desaparecerán.

No podemos quedar indiferentes ante este drama. Es tiempo de reaccionar y que los estados, los gobiernos, las empresas, los organismos internacionales, las iglesias, las organizaciones no gubernamentales, todos, brinden garantías de cuidado a los derechos humanos de los pueblos aislados de la Amazonia. Es un deber de conciencia y un imperativo moral. No pido que detengan sus planes de gobierno, reclamo sí que una parte de lo que gastan en obras de infraestructura y las inversiones en industrias extractivas la usen para preservar verdaderamente a los aislados de toda violencia.

Si como los gobiernos dicen, estos planes y obras son para vivir bien y tener bienestar, que incluyan a los aislados dentro de esos beneficios. Ellos sólo quieren asegurar sus territorios. Protejamos eso. Que ellos no paguen con sus vidas o con su desarraigo, como siempre ha sido, la falta de acciones sinceras de protección a sus derechos que además están consagrados en las leyes y en los tratados internacionales.

Si está a punto de inaugurarse ahora la primera carretera interoceánica de Sudamérica a través de la selva, el hecho que los pueblos indígenas aislados no sean más perseguidos o sacados de su territorio sería la mejor prueba de responsabilidad y respeto que podríamos dar. En el tramo entre Assis Brasil, en el Acre, y Puerto Maldonado, en Madre de Dios, en el Perú, una zona que colinda Pando en Bolivia, los camiones pasarán incesante y peligrosamente muy próximos a territorios poblados por ellos. ¿Qué haremos para que esto no signifique mas amenaza a la vida y más devastación del bosque?

Es nuestra oportunidad para cambiar la historia para siempre, y evitar que llegue la hora fatal, la hora 25, cuando ya no se puede hacer nada más.

La situación es crítica y todos deberíamos unirnos. No podemos permitir que una parte de la humanidad se extinga. Los aislados tienen que vivir.

Son nuestra esencia más pura, nuestro impulso más vivo. Un mundo sin ellos no valdría la pena y en el futuro no habría perdón para una tragedia tan grande que nos hacemos contra nosotros mismos y el planeta.

Sincera y afectuosamente,

Sydney Possuelo”